domingo, 29 de marzo de 2009

Las relaciones exteriores y las demandas de una nueva era.




Por ORLANDO MÁRQUEZ

El año 2009 se ha iniciado para Cuba con un desfile de visitas presidenciales de América Latina. Martín Torrijos, presidente de Panamá, fue el primero. A él le siguieron Rafael Correa, de Ecuador; Cristina Fernández, de Argentina, Michelle Bachelet, de Chile y Álvaro Colóm, de Guatemala. En otro momento las autoridades cubanas deben recibir al presidente de México, Felipe Calderón.

Entre otras cosas, podemos percibir que:

1- Cuba es bienvenida a la región de modo decidido (no a la OEA) después de su participación en la cumbre presidencial de Brasil en diciembre pasado, y los presidentes de la región al mismo tiempo reconocen de facto el traspaso de poder en Cuba.

2- Latinoamérica ha clausurado finalmente el periodo de aislamiento que por tanto tiempo Estados Unidos logró mantener hacia la Isla. La integración de Cuba a la región –que era una “aspiración” en la Constitución de Cuba de 1976, y fue “reafirmada” en las modificaciones constitucionales de 1992–, parece comenzar a tomar forma a inicios del siglo XXI. El tiempo se ha encargado de despejar el camino para que comprendamos que la integración debe lograrse ante todo con los países vecinos, quienes comparten intereses similares, tanto en materia de seguridad como de desarrollo.

Cuba tiene mucho que aportar a la América Latina, y tiene también mucho que aprender de sus vecinos. De este modo el país no solo gana legitimidad en la región, también diversifica y actualiza sus vínculos políticos, culturales y comerciales, mientras da un carácter más racional a las relaciones con Venezuela. Las relaciones que Cuba y Venezuela mantienen en la actualidad no deben sufrir alteraciones mayores, al menos a corto plazo. Pero Cuba parece haber entrado en una nueva etapa que supera los límites del ALBA, una alianza político económica cuya fortaleza pudiera dar síntomas de debilitamiento en cualquier momento, pues depende más de los precios del petróleo venezolano que de la “voluntad revolucionaria” del presidente Hugo Chávez. Por otro lado, el país relanza sus vínculos con Rusia, trata de acomodar sus intercambios de nuevo tipo con China, inicia una nueva etapa en de sus relaciones con la Unión Europea y comienza a considerar una mejoría en las relaciones con Estados Unidos.

En efecto, el éxito no está en el compromiso restringido con una sola nación o grupo de naciones, cuyas estructuras de soporte pueden tener carácter temporal si se sustentan fundamentalmente en proyectos políticos de fuerte contenido antiimperialista, sino en la diversificación de las relaciones y, por tanto, del mercado, del intercambio y la colaboración.


Páginas de gloria internacional, y dolor interno


Pocos países –si alguno– de los que se conocen como pertenecientes al Tercer Mundo, han tenido un protagonismo tan decisivo en la historia del mundo contemporáneo como Cuba. No está bien decir que el país fuera desconocido antes de 1959. Música, deportes, azúcar, y aún tierra de oportunidades para decenas de miles de emigrantes europeos, árabes y asiáticos, fueron indicios de identidad cubana a nivel internacional. Y a ello también contribuyó, con sus luces y sombras, el intercambio de todo tipo con Estados Unidos.

Cuba también llegó a ocupar cierto protagonismo en la élite mundial con fi guras descollantes como Cosme de la Torriente, abogado, diplomático y primer hispanoamericano en ser elegido presidente del Tribunal Penal Internacional de Justicia de La Haya a inicios de los años 20 del pasado siglo; o como Antonio Sánchez de Bustamante, jurista destacadísimo y creador del Código Bustamante, asumido primero por varias naciones de América y que sentó, después, las bases del Derecho Internacional moderno.

Sin embargo, después de 1959, tras la solidificación de ciertos códigos que dieron ropaje al proyecto revolucionario cubano, bautizada la revolución en el aparentemente indestructible credo socialista internacional, y arrastrado así el país por la fuerza gravitatoria de la URSS y de todo el bloque socialista hacia la guerra fría, pareciera que tal proyecto no se completaría sin rebasar las fronteras marítimas del Caribe. No había límites para la revolución cubana, o, en todo caso, el mundo era el límite.

Tras la celebración en La Habana de la Primera Conferencia Tricontinental de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina en 1966, en la que participaron numerosos líderes políticos de países ubicados en esas regiones, y la consiguiente creación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), el gobierno cubano desató una ofensiva internacional que, si bien pudo haber tenido el visto bueno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como líder del socialismo internacional que aspiraba a expandir su influjo en el hemisferio Sur como contrapeso al capitalismo exitoso prevaleciente en el hemisferio Norte, fue sin embargo una iniciativa lo suficientemente singular y autónoma como para ser identificada “producto de Cuba”, un producto que ha logrado sobrevivir a la desaparición de la era soviética. Aún en el mismo periodo en que la fuerza de la URSS parecía indestructible, la influencia de Cuba en el Tercer Mundo alcanzaba proporciones que hubieran deseado poseer

los sucesivos emperadores del PCUS para sus empeños geopolíticos.

Quizás el clímax de todo este esfuerzo llegó en septiembre de 1979, cuando Cuba pasó a presidir el dividido, pero importante, Movimiento de Países no Alineados (NOAL) tras la Cumbre de La Habana. Sin embargo, tres meses después, tras la invasión soviética a Afganistán y ante la oposición de Cuba a admitir una condena del grupo NOAL a tal afrenta, buscada fundamentalmente por muchos países musulmanes integrantes del movimiento, éste comenzó a ser cuestionado y entró en una nueva etapa de debilitamiento, precisamente causado por la alineación de Cuba con la URSS cuando, de hecho, argumentó a favor de la

invasión en tribunas internacionales como las Naciones Unidas. A pesar de ello, la dirigencia cubana supo desarrollar y multiplicar sus iniciativas de influencia

mundial más allá del movimiento NOAL.

En efecto, el gobierno cubano ha puesto en práctica las directrices

que fija la Constitución para la “política exterior revolucionaria”: solidaridad,

internacionalismo, antiimperialismo… Y todo ello protagonizado por un ejército de ciudadanos formados en las más variadas categorías: soldados, constructores, médicos y técnicos de la salud, artistas, instructores deportivos, asesores políticos y de inteligencia o de movilización de masas. Invaluables recursos humanos acompañados de cuantiosos recursos económicos fueron desplegados en las regiones más insospechadas, expresión de la influencia mundial de la revolución cubana.

El glamour de la épica revolucionaria cubana se podría traducir en miles de muertos en África y otras regiones, en miles de familias cubanas deshechas o en millones de dólares que no fueron invertidos en el desarrollo nacional, pero los dividendos incluyen también prestigio y legitimidad a escala mundial, contribución al fi n del apartheid en Sudáfrica, el surgimiento del Estado namibio, cientos de miles de personas curadas o alfabetizadas, llamar la atención sobre los olvidados del planeta.

Los resultados de tal política van más allá de un puesto en el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra a pesar de las numerosas condenas recibidas sobre el tema, o lograr cada año una abrumadora condena a Estados Unidos por un embargo económico que cada vez más personas llama bloqueo. En plena era de globalización, millares de hombres y mujeres de decenas de naciones que se formaron como profesionales en Cuba, de vuelta a sus países o residiendo en otros, forman ya una red de defensores de Cuba y su revolución. Entre ellos hay marxistas, pero también liberales, católicos, budistas y musulmanes, algunos viven como profesionales en su pueblo natal y otros han llegado a los primeros puestos de su país. La Opus Revolutionaris rebasó los límites del Caribe. Una política para una realidad Raúl Roa García, quien fuera por muchos años ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, escribió en octubre de 1968 un artículo en el que afirmaba que la política exterior del país estaba condicionada por la región geográfica donde se ubica, y dictada por “los principios, las necesidades y las aspiraciones del pueblo cubano, de los movimientos de liberación de América Latina, África y Asia y del movimiento comunista internacional” (Raúl Roa, “Política Exterior de la Nación Cubana”, en:

http://cubaminrex.cu/CancillerDignidad/Articulos/Homenajes/2008/Politica.html

Por qué aparece aún hoy, 40 años después de formulada, una declaración de este tipo en la presentación cibernética del MINREX cubano, como si conservara toda su

actualidad y vigencia, no resulta tan incomprensible. El artículo en cuestión abunda en el espíritu antiimperialista de la política exterior cubana, y el imperio, identificado como Estados Unidos por el gobierno cubano, todavía existe. En la misma Constitución cubana, al referirse a las relaciones exteriores, se habla de “principios antiimperialistas”, “política imperialista” y “condena al imperialismo”(Art. 12, incisos ch y d).

Hoy, tanto los “movimientos de liberación” como el “movimiento comunista internacional” son historia, pero el país continúa ubicado en la misma región geográfica, que también ha cambiado. Cuba mantiene un sistema social difícil de definir en el momento presente. Después de las transformaciones ocurridas en el mundo a fines del siglo XX, la fuerza política rectora del país entró en un reacomodo ideológico que aún no ha logrado concretar. Las numerosas contradicciones que observamos, como son la existencia del trabajo por cuenta propia y las trabas que le acosan, la doble circulación de monedas y la correspondiente dualidad de mercados, el salario en una moneda y la estimulación en la otra, las reformas anunciadas y retardadas, la incapacidad del Estado para satisfacer materialmente a la población, así como el aumento y reacomodo de las necesidades de esta última, entre otras cosas, son expresiones de que el país vive aún en el vórtice de la crisis.

Los últimos pasos dados en las relaciones internacionales quizás sean un indicio de que el gobierno cubano comienza a ajustarse al tiempo presente, al comprender que más allá de los proyectos políticos de cada nación, los intereses últimos están centrados en la estabilidad y la prosperidad individual y social, una realidad que depende en mayor medida del mercado, anterior al socialismo e, incluso, al capitalismo. El mercado es esa entidad, tanto local, como regional o mundial, a la que todo individuo o grupo de individuos, nación o grupo de naciones acude para lograr satisfacer sus necesidades primarias de supervivencia y reafirmación, tanto espirituales como materiales. El mercado regulado, donde puedan expresarse a un tiempo libertad, responsabilidad y justicia, es también cultura y, por el mismo hecho, un medio de desarrollo humano.

Por otro lado, hoy Cuba no solo ha logrado darle nuevas esperanzas al movimiento NOAL, que sigue siendo un cuerpo de cierto peso en las relaciones internacionales; es común, en otros organismos y foros mundiales, que los miembros de las delegaciones de numerosos países, antes y durante la promoción de sus iniciativas de proyectos de resolución, propuestas, modificaciones, condenas, o simples sugerencias, busquen asesoría en sus colegas cubanos, expertos en el Derecho Internacional y profesionales negociadores capaces de maniobrar en las diferentes realidades culturales, económicas y políticas.

En la arena internacional todavía hay que contar con Cuba. En las relaciones exteriores, cuando se trata de Estados Unidos, el asunto recibe un tratamiento especial. Aun cuando al Departamento de América del Norte del MINREX cubano corresponda conducir el trato con el vecino del norte, el hecho mismo de que el presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón, condujera las pláticas bilaterales en materia migratoria –mientras estas duraron–, o sea considerado hoy como un referente especial cuando se trata de conocer el criterio oficial cubano sobre aquel país, es señal del carácter singular que el gobierno concede a las relaciones.

Ciertamente el señor Alarcón, ex ministro de Relaciones Exteriores, es un gran conocedor del tema, de la historia y la política interna y externa de Estados Unidos, y también de sus protagonistas; no obstante es demasiado llamativa su “usurpación” autorizada, que pone en duda la capacidad de los diplomáticos en el Departamento de América del Norte del MINREX, y deja en evidencia la blanda institucionalidad existente en Cuba.

Ambos países pudieran entrar ahora en un nuevo periodo de sus relaciones. Y esto es así no sólo por el cambio de gobierno en Estados Unidos, o por el cambio de presidente en Cuba, pues basta con atenerse tanto a las palabras de Barack Obama y de Raúl Castro en los últimos meses para deducir que ambos son conscientes de la conveniencia de buscar nuevas fórmulas de entendimiento y de que el mundo de hoy no es el de la guerra fría. Si de verdad ambos prestan atención a lo que demanda al respecto la mayoría de los ciudadanos de ambos países, se puede deducir que no hay muchos motivos para posponer el diálogo. No será fácil sin embargo, sobre todo después de tantos años de encono, enfrentamientos, y con no pocas personas influyentes que se oponen, en ambos lados, a la normalización de las relaciones. La regla que se aplica en técnicas constructivas es también válida para las relaciones personales e internacionales: es más difícil reconstruir que destruir. Pero casi nada es fácil en política, y corresponde a los presidentes tomar decisiones que ningún otro funcionario o ciudadano común puede tomar.

Del lado de allá se habló primero de diálogo sin condiciones, después de tantear las posibilidades, pero sin mayores exigencias. De este lado, no se ha hablado tampoco de precondiciones, sino de “gesto por gesto”, además de críticas al embargo o bloqueo económico y hasta de la posibilidad de intercambiar prisioneros: los que quedan en prisiones cubanas detenidos en 2003 y acusados de trabajar al servicio de Estados Unidos, a cambio de los cinco cubanos que permanecen detenidos en Estados Unidos desde 1998, quienes formaban parte de un grupo mayor llamado Red Avispa, acusados de espiar para el gobierno cubano. No sé qué posibilidades reales habrá de materializar esto último, una fórmula que recuerda el periodo de

la guerra fría o el intercambio de prisioneros entre ejércitos en guerra (aunque en nuestro caso aún seguimos en la guerra fría y puede decirse que lo único que ha faltado ha sido declarar oficialmente la guerra). Incluso el poder Judicial en Estados Unidos, a diferencia de Cuba, es independiente del poder Ejecutivo y tampoco está claro que esos cubanos que guardan prisión en Cuba deseen todos trasladarse a Estados Unidos. De cualquier forma, e independientemente de que tal intercambio se concrete, con el respeto de la dignidad de los prisioneros, quizás no sea tan difícil avanzar en este sentido si se lograra un acuerdo mutuo. El presidente de Estados Unidos está “facultado para suspender la ejecución de las sentencias y para conceder indultos tratándose de delitos contra los Estados Unidos, excepto en los casos de acusación por responsabilidades oficiales” (Constitución de los Estados Unidos de América, Artículo II, Sección 2); mientras en Cuba, y de acuerdo con la Constitución vigente, la Asamblea Nacional puede “conceder amnistías” (Artículo 74, inciso f ), y el Consejo de Estado puede “conceder indultos” (Artículo 90, inciso ll).

¿Es este un procedimiento para iniciar una senda de diálogo que ponga fi n al enfrentamiento? No sabemos. Son muchos los caminos que llevan a Roma, también a Washington y a La Habana. El camino de la paz no tiene fórmulas rígidas ni se guía por manuales ideológicos, pues andar ese camino casi invariablemente depende de la buena voluntad de las partes enfrentadas.

Los conflictos suelen surgir cuando se da un choque de intereses y se percibe la necesidad de defender los intereses propios, procurando, en ocasiones, si es posible, dañar o derrotar los intereses del otro. ¿Cuán opuestos están hoy los intereses de Cuba y Estados Unidos? Ciertamente no lo están como lo estuvieron hace 50 años. Y acudir a las razones ideológicas –como a las culturales o las religiosas– para dificultar el diálogo, ha sido siempre cortina de humo levantada para ocultar la incapacidad o falta de voluntad para resolver las diferencias.

Estados Unidos no es hoy una amenaza para Cuba, del mismo modo que Cuba no lo es para Estados Unidos. La estabilidad regional, la migración regulada y el reencuentro familiar, así como el comercio bilateral y la lucha contra el tráfi co de drogas, constituyen hoy intereses comunes de ambas naciones. Si se destierra definitivamente la receta “ganar-perder” y se sustituye por la de “ganar-ganar” sobre todos esos intereses comunes es posible comenzar a andar el arduo pero siempre dulce camino de la paz.

Contrario a lo que tal vez muchos consideran Cuba, a pesar de ser un país pobre, no está a la zaga en materia de globalización. No es la economía lo que sitúa al país en un lugar de cierta relevancia regional y mundial, sino su bien desarrollada red de relaciones supranacionales, así como el intercambio humano dado por la presencia de miles de cubanos que trabajan en otras regiones y por la considerable cifra de jóvenes de diferentes culturas y países que han estudiado y estudian en la Isla. No puede ignorarse el papel que desempeña también el turismo como vía de intercambio cultural y en vías de crecer en los próximos años, si bien por el momento es limitado al planificarse en un solo sentido.

Cuba ha tenido muchos éxitos en las relaciones internacionales, sin embargo no puede decirse lo mismo de las relaciones nacionales. La emigración constante y el delito extendido, por citar dos ejemplos de verdaderas sangrías que padece el país, son síntomas del agotamiento de las viejas estructuras y moldes superados no solo por el tiempo, sino también por la propia cosecha del proyecto social.

Del mismo modo el disenso político, aunque débil, es un reto que no puede ser ignorado por mucho más tiempo, o atacado con argumentos propios de la guerra fría, en un mundo globalizado e interconectado, sin levantar sospechas, dudas y cuestionamientos. El reconocimiento de los derechos sociales y políticos de quienes piensan de modo distinto –aunque fuesen minoría– ha sido una carencia y una debilidad ética del proyecto socialista cubano, que solo ha tenido para tal reto dos propuestas siempre controvertibles y nada justas: el castigo o el exilio. Pero ni la emigración, ni el delito ni el disenso desaparecerán con leyes y retórica, de hecho muchos de los que apelan a la retórica terminan emigrando u ocupando puestos ventajosos para obtener por vías irregulares lo que no podrían haber obtenido en puestos inferiores. El discurso contra la unanimidad y el igualitarismo del presidente Raúl Castro, permite suponer un cambio de actitud que vaya dejando atrás las absurdas y abundantes restricciones, a la vez que se democratiza la vida nacional y se desatan nuevas oportunidades para desarrollar el talento ciudadano, que es desarrollar el país. Para dejar de ser un país pobre y dependiente hay que proponérselo, aceptar el riesgo y actuar en consecuencia.

La era de la globalización trae consigo nuevos compromisos internacionales que exigen también nuevos compromisos nacionales. La voluntad de integración y el aprovechamiento de las oportunidades que pueda brindar una globalización racional y ética, dependen hoy en gran medida del reacomodo de la ingeniería social y su saneamiento y de la promoción de las potencialidades internas de cada país. Salud y educación no son ya suficientes.

Libertad, oportunidad, trato justo, reforma institucional, entre otras, son exigencias para cada país que desee avanzar y ser respetado en el mundo del siglo XXI. Actuar de modo contrario no implicará la desaparición de tal país, si o su congelación en el tiempo, o su permanencia en un estado de mediocridad planificada, una desventaja cada vez más difícil de superar. Es sumamente difícil integrarse y hablar de respeto a la diversidad, o demandar igualdad de oportunidades para grandes y pequeños cuando se trata de naciones, al tiempo que esas virtudes son engavetadas a nivel local. Acercarse al mundo hoy día implica no solo llevar y traer ofertas económicas, sino también ser transparente y aceptar rendir cuentas a nivel internacional.

La integración regional y mundial demanda una sana integración nacional que pasa por el mejoramiento de las relaciones internas. El reclamo de Juan Pablo II de que Cuba se abra al mundo y de que el mundo se abra a Cuba, mantiene toda su vigencia. Nuestro país puede esforzarse en mejorar aún más su imagen internacional con gestos continuados de solidaridad e internacionalismo, pero es necesario

ahora procurar la convergencia política de las relaciones internacionales y las relaciones nacionales. El éxito del país descansa hoy en esa coherencia política impulsada por una ética única, tan válida ad intra como ad extra, como los dos raíles que definen un mismo sendero. El precio por romper el aislamiento es el premio aún no alcanzado por la sociedad cubana.


Revés diplomático de Bachelet en Cuba revela pugna entre Fidel y Raúl Castro


Uno de los factores más importantes para entender el impasse son las diferencias -cada vez mayores- entre los dos hermanos sobre el rumbo que debe adoptar su país.



En la noche del jueves 12, en el tercer día de su gira a La Habana, la Presidenta Michelle Bachelet se veía muy satisfecha mientras conversaba con los demás invitados en una cena reservada en la casa del empresario Max Marambio. Según participantes de la cita, entre otros comensales -que degustaron un cerdo a la parrilla- estaban Fidel Castro Díaz-Balart, el hijo mayor del ex jefe de Estado el canciller cubano, Felipe Pérez Roque; el presidente de la CPC, Rafael Guilisasti, los senadores Carlos Ominami y Jaime Gazmuri, el diputado Marco Enríquez-Ominami, el director de Protocolo, Fernando Ayala, y el ex canciller y asesor de imagen país Juan Gabriel Valdés.
Hasta ese momento, la Presidenta tenía una evaluación muy positiva del viaje, que para ella representaba, sobre todo, un hito histórico vinculado a sus raíces de izquierda. En casi todos sus encuentros había resaltado su condición de segunda Mandataria chilena en realizar una visita a Cuba después de la de Salvador Allende, en 1972. Ese mismo jueves, además, se había realizado la cita más simbólica: una conversación de una hora y media con Fidel Castro (83), que ella calificó de "muy importante, muy grata, de muy alto nivel".
El canciller cubano llegó a la casa de Marambio con un set de siete fotografías de la reunión y se las entregó a la Mandataria, quien escogería dos para su divulgación pública. La preocupación era que no se repitiera lo ocurrido con Cristina Kirchner semanas antes, cuando la demora en entregar las imágenes desató sospechas de que éstas eran trucadas.
Bachelet se retiró alrededor de las 2.00 de la madrugada. A esas alturas ya circulaba desde hace al menos tres horas la columna de Castro que terminó por empañar su gira y ponerla en un serio entredicho en uno de los puntos más sensibles de la política exterior chilena: el tema marítimo con Bolivia.
El golpe tomó por sorpresa a la comitiva presidencial y a los parlamentarios socialistas que la acompañaban por varios motivos. La Presidenta había decidido realizar el viaje como un gesto a la Cuba de los Castro, pese a los costos internos con sus socios de la DC y a las fuertes críticas opositoras. Además, no se había cansado de repetir que una de las grandes razones de su presencia en Cuba era para saldar "una deuda de gratitud" por haber acogido exiliados chilenos del régimen militar. Tampoco había pronunciado frases críticas a la ausencia de democracia en la isla ni guiño alguno a los disidentes.
En la mañana del viernes, los rostros de la Presidenta y de su comitiva reflejaban la perplejidad y molestia por lo ocurrido. No había dos opiniones sobre el impacto: Castro había convertido la gira en un gran tropezón diplomático. También existía unanimidad de que minimizar el peso de las palabras de Fidel, sosteniendo que eran comentarios de una persona sin cargos en la administración cubana, era difícil de sostener.
Antes del incidente, en el gobierno se admitía que una de las medidas del éxito de su visita era ser recibida por el mayor de los Castro. Las circunstancias de la cita -la salida intempestiva de una actividad y la suspensión de la siguiente para ir a verlo, conducida por Raúl Castro- reflejaban la importancia que le daba a la reunión.

NEGOCIACION CON PEREZ ROQUE

La primera opción que barajó el gobierno para reducir el impacto del golpe carecía de realismo: un comunicado conjunto de los cancilleres donde quedara claro que las palabras de Fidel no interpretaban las conversaciones oficiales.
Poco después de las 10 de la mañana, mientras la Presidenta cumplía la agenda de visitar el Centro Histórico de La Habana Vieja, un Foxley visiblemente nervioso se mantuvo rezagado por varios minutos en una calle cercana, hablando por celular. Al otro lado de la línea, Pérez Roque le respondió que no existía ninguna posibilidad de una declaración desautorizando al mayor de los Castro.
Tras la negativa, según fuentes de la comitiva presidencial, el gobierno chileno se jugó la carta de advertir con firmeza que se estaba analizando la posibilidad de que la propia Presidenta Bachelet saliera a criticar al ex jefe de Estado cubano. Al final se pactó que Foxley se encargaría de hacerlo, bajo la promesa del gobierno del menor de los Castro que nadie saldría a retrucarlo.
El canciller, quien nunca vio con buenos ojos el viaje, realizó con satisfacción la tarea. "No vamos a dejar que la columna de opinión de una persona retirada opaque una buena visita", afirmó a la prensa, junto con cuestionar que el comandante filtrara una conversación privada. Para muchos, lo ocurrido marcó un hito: que alguien en suelo cubano lo criticara con fuerza -sobre todo una autoridad extranjera- sin recibir una durísima respuesta.
A esa inédita licencia para criticar al mayor de los Castro se sumó, pocos minutos después, el cordial almuerzo entre Bachelet y Raúl Castro (78) junto a casi 100 invitados oficiales en el Habana Club. Ahí Raúl -quien en todo momento derrochó simpatía hacia la delegación chilena- incluso se permitió ironizar sobre la afición de su hermano mayor por los largos discursos, lujo que nadie más se puede permitir en la isla.

DIFERENCIAS ENTRE HERMANOS

El análisis del texto de Fidel Castro y el apoyo de Raúl a Bachelet terminaron por cristalizar la conclusión que uno de los factores más importantes para entender el impasse es la pugna -cada vez mayor- entre los dos hermanos sobre el rumbo que debe adoptar Cuba. Si bien ese es el principal telón de fondo, en la génesis de lo ocurrido también hay rastros de la molestia del hermano mayor con la actitud del PS chileno hacia su régimen a partir de los '90.
Las divergencias entre los dos hermanos han salido a la superficie sobre todo en el campo de la economía y de la política exterior. Cuando tras una grave diverticulitis Fidel le traspasó la jefatura de Estado a Raúl, hace más de dos años, el hermano menor prometió implementar una serie de reformas económicas, al estilo de China y Vietnam. La extrema lentitud para impulsarlas se atribuye al veto de Fidel, quien ha criticado en sus columnas medidas como la liberación de la venta de celulares y computadores a los cubanos.
El foco principal del conflicto en los últimos dos meses se ha concentrado en la política exterior. Tras la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, Raúl ha buscado una posición negociadora que ha sido puesta en tela de juicio por su hermano mayor. Además de propiciar un diálogo "gesto a gesto" con EEUU, expresión rechazada por Fidel, Raúl se sumó al Grupo de Río para formar una amplia alianza con América Latina y con la Unión Europea para contar con aliados en una mesa de negociaciones con Washington. Su idea es expandir sus alianzas más allá del venezolano Hugo Chávez, a quien considera demasiado inestable, y buscar más apoyo en países como Brasil y México.
Fidel -quien hace 10 días empezó a disparar contra el nuevo presidente de EEUU, con una columna titulada "Las contradicciones entre la política de Obama y la ética"- es partidario de relaciones exteriores más ideológicas, tal como se desprende de sus alusiones a Evo Morales y a Chávez en su texto sobre el encuentro con Bachelet.

LAS CUENTAS CON EL PS

Parlamentarios del PS que integraron la comitiva admiten también que las cuentas pendientes entre el mayor de los Castro y su partido jugaron un rol en la columna que terminó por empañar la gira de Bachelet. "Fidel considera que el PS chileno se ha convertido al neoliberalismo y ha sido muy ingrato con Cuba, que les brindó refugio a sus dirigentes y militantes en la época más dura", dice uno de ellos. "Lo que no se entiende es que le pase esa cuenta a la Presidenta, que se dispuso a pagar altos costos para venir a Cuba".
Bachelet, en todo caso, no es la única damnificada por el tropezón diplomático que tiene como principal telón de fondo la pugna de los Castro. También lo son los parlamentarios socialistas que la acompañaron, todos ellos adversarios de Camilo Escalona, cuyas relaciones con La Habana se enfriaron hace más de una década.
A la lista también se suman los asesores de política exterior de Bachelet que alentaron el viaje, contra la opinión de Foxley, uno de los pocos miembros de la comitiva oficial que no salió magullado de la gira.
Cuando el avión presidencial aterrizó ayer en Santiago y se enteró de la nueva "reflexión" publicada esa madrugada por Castro a título de explicación para superar el impasse, las expresiones de alivio eran notorias. Fue entonces cuando la Presidenta tuvo el gesto que evitó hacer en La Habana: embestir contra Fidel.
El balance, sin embargo, fue lo que siempre ocurre cuando los hermanos que gobiernan con mano de hierro la isla desde hace 50 años se enfrentan. El protagonismo y la palabra final la tiene el mayor de los Castro, por más convaleciente que se encuentre.
Fuentes familiarizadas con lo que ocurre en la isla señalan que si bien Fidel sigue enfermo, su estado de salud ha mejorado en los últimos meses. Eso no le permite volver a ejercer sus funciones, pero le otorga la suficiente energía para sostener rounds con su hermano como el que terminó golpeando la visita de la presidenta Bachelet.

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David Adams
Latin America Correspondent
St Petersburg Times
http://opinion.tampabay.com/adams/

jueves, 20 de noviembre de 2008

Obama cambiará política hacia Cuba....según Moratinos.

Madrid. (EFE).- El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, insta a los responsables del PP a reflexionar y a apoyar la política del Gobierno ante Cuba porque, si no, "se van a quedar solos", ya que incluso la nueva administración estadounidense va a cambiar de posición, ha asegurado.

Moratinos se ha enfrentado en el pleno del Congreso al secretario de Exteriores del PP, Jorge Moragas, quien ha acusado al vicesecretario general del PSOE, José Blanco, de "humillar" a los disidentes y sus familias en su reciente visita a La Habana y ha advertido al ministro de que su "silencio cómplice" ante las autoridades cubanas "avergüenza a la sociedad española". "Pasemos del gotelé millonario de Ginebra al goteo permanente de víctimas de la represión en Cuba", le ha espetado Moragas a Moratinos, en una nueva referencia a la polémica en torno al coste de la cúpula de Miquel Barceló en la ONU.

El jefe de la diplomacia española ha pasado por alto estas alusiones y ha defendido su política ante Cuba, respaldada por la Unión Europea y con "resultados concretos".

Tras asegurar que la gestión del PP "fracasó", ha instado a Moragas a comparar las cifras de disidentes presos que había en 2003 y 2004 con las actuales, que son "todavía inaceptables" pero que, a su juicio, suponen "una avance sustancial". "Acérquense a la posición del Gobierno, traten de buscar consenso, no hagan una política de obstrucción y miren cómo los restantes socios y actores internacionales miran y se fijan en la política del Gobierno, no sólo en Europa, sino también en América Latina", ha dicho el ministro.

Moragas no obstante ha denunciado el "esnobismo político" del PSOE en materia de derechos humanos y ha instado al Ejecutivo a defender los valores constitucionales; "a ver si se enteran de lo que pasa en Cuba", le ha pedido.

Para el ministro, el problema del PP es que tiene "una mala visión de la evolución del mundo" y "siempre se equivocan": no quisieron reconocer lo ocurrido en Irak, no apoyan la Alianza de Civilizaciones y "se van a quedar solos" ante Cuba, "porque incluso la nueva administración norteamericana va a cambiar de posición". "Reflexionen, únanse a nuestra política", ha concluido.

****** Tomado de La Vanguardia ******

Papas x Malangas 2008

La espera cubana

Por Leonardo Padura Fuentes

Algunos escritores y pensadores cubanos han reflexionado sobre la agobiante presencia de la espera en la historia y la vida cotidiana del país. El hecho de que desde la cristalización de la nacionalidad, en el siglo XIX, los cubanos siempre tuviéramos que esperar del futuro la llegada de algo que nos completara o que nos aliviara (la independencia política, un mejor gobierno, el desarrollo económico, etc.), hizo de esa vigilia del porvenir una actitud tan visceral que muchas veces se tornó inconsciente y se integró como una parte armónica del carácter nacional: casi todos los cubanos, al margen de credos políticos, sociales y religiosos, hemos vivido, y vivimos, a la espera de algo.

Quizás el mejor modo de ver cómo y cuánto se ha integrado la espera al subconsciente cubano está en la paciencia infinita que hemos desarrollado para resistir las colas que durante cincuenta años hemos debido realizar para cada uno de los actos de la vida cotidiana, aunque la verdadera coronación de la espera como actitud vital se puede observar en la extendida práctica de aniquilar el tiempo con el que tantos cubanos gastan sus horas en cualquier sombra propicia, a la espera de algo (tal vez caído del cielo) que les mueva la vida. En los últimos dos años los cubanos residentes dentro y fuera de la Isla hemos vivido a la expectativa de los posibles cambios que se podían (oque se debían) producir en las esferas económica, social y hasta política de la polémica y atractiva isla del Caribe.

La espera de esas transformaciones llegó a tener momentos de alza dramática cuando a mediados de 2007 el gobierno admitió la necesidad de cambios “estructurales y conceptuales” en el modelo económico y social, y sobre todo cuando se oyeron voces que públicamente reclamaban algunos de esos movimientos (en el congreso de la Unión de Escritores y Artistas, por ejemplo) y cuando se comenzaron a introducir algunas transformaciones y eliminar prohibiciones, aunque la mayoría de ellas se ubicasen más a un nivel formal que en el universo estructural o conceptual del modelo social. Pero la dilatada espera de nuevos y más profundos movimientos soñados que no parecen llegar nunca ha ido venciendo a las expectativas de meses atrás y ha vuelto a despertar la inercia de la espera sin horizontes.

Uno de los cambios por los que se apostaba y que con más ansia se esperaba, era el relacionado con el rígido y limitador mecanismo migratorio que deben seguir los ciudadanos cubanos para viajar al extranjero (el llamado “permiso de salida” sin el cual nadie puede cruzar legalmente las fronteras de la Isla). En ciertos círculos, incluso, se llegó a criticar abiertamente -por primera vez dentro del país- la existencia de esa onerosa autorización de la cual depende la libertad y la posibilidad de viajar de los ciudadanos. Más recientemente hasta se comenzó a hablar de su inminente derogación o de un cambio, más realista para la lógica cubana, como sería la sustitución del permiso por una autorización válida por dos años que se estamparía en el pasaporte en el momento de su obtención.

Como casi siempre ocurre en los flujos que conectan a la base de una sociedad con su superestructura, la insistencia de tantas personas en la necesidad de eliminar el permiso de salida ha estado respondiendo a una realidad social y económica que pugna por manifestarse, con independencia de los discursos y argumentaciones oficiales que las retarden y las condenen a la espera. Pero, como también suele suceder, cuando a una sociedad se le cierra un camino, sus integrantes hacen lo posible por buscar una vía alternativa, y eso es lo que ocurre en Cuba con respecto a la emigración como reflejo no ya de antagonismos políticos, sino y sobre todo del cansancio de la espera.

Para la lógica oficial cubana el deseo de emigrar no debería existir en un ciudadano de la Isla: el solo hecho de vivir en el país de mayor justicia, equidad social, respeto a la dignidad humana deberían bastar para que nadie quisiese abandonar la tierra electa por la historia. Sin embargo, la realidad, más tozuda incluso que los discursos –y estos pueden ser muy tozudos- advierte de la tendencia al incremento de las acciones migratorias y del patente aumento de las cifras de personas que salen de la Isla por una u otra vía, legal o ilegalmente, atraídos o no por esa Ley de Ajuste que automáticamente acepta a todo cubano que ingrese en territorio norteamericano.

Lo más complicado en esa ansia migratoria es que con ella se está revelando una de las más visibles manifestaciones del cansancio de la espera. Porque si bien las migraciones forman parte de la cultura humana desde sus mismos orígenes, en el caso específico cubano lo doloroso es que con ella se está produciendo un fenómeno que compromete directamente a la esencia de la sociedad actual y, sobre todo, a la sociedad del futuro, pues una cifra considerable de los migrantes de las dos últimas décadas (y discúlpenme si no manejo números, tan difíciles de conseguir para determinados aspectos de la vida cubana) son jóvenes profesionales que desmotivados, desinteresados y desconfiados (como advierte un estudio sobre el tema) deciden mover sus expectativas hacia territorios que les parezcan más propicios.

Ese éxodo de los jóvenes, los inteligentes,los preparados es, sin duda, una sangría del presente y del futuro cubanos. Incluso, es hoy una de las causas que, entre otras, están provocando el decrecimiento de la población cubana y su envejecimiento. Al parecer, para los más jóvenes el arte de la espera que practicaron sus antecesores no es una opción con la que deseen jugar por más tiempo. Lo que valdría la pena ahora es saber si la sociedad cubana puede dilatar infinitamente sus esperas, mientras ve desgajarse a tantos de sus mejores retoños.


 
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